viernes, 13 de octubre de 2017

La educación sentimental

John Barrymore interpretando Hamlet (1922)

Como ya se sabe, Hedda Hopper, fue actriz y cronista del universo Hollywoodiense allá por la primera mitad del siglo XX. Hace poco cayó en mis manos una edición de 1954 de su semiautobiografía “Lo sé de buena tinta”. Entre otras muchísimas cosas, cuenta en ella una enriquecedora anécdota acerca de los consejos que dio el conocido actor Jack Barrymore a su joven hijo Bill, cuando esta se lo envió para que lo enderezara un poco.

La transcribo:

«Cuando terminamos el trabajo fuimos a verle, y una vez confortablemente sentados junto a él, miró a Bill muy despacio y empezó a contarle esta edificante historia: 

» Hijo mío, cuando yo era un poco mayor que tú, y, sea dicho en honor de la verdad, tenia mejor figura que tu, hice mi primer viaje a Australia. Aunque mi experiencia teatral no era mucha, Willie Collier ­­­-Dios lo bendiga-, me concedió un margen de confianza. Realmente yo le debía a él la vida porque durante el terremoto de San Francisco me sacó de la cama y me salvo metiéndome dentro de una bañera llena de agua; mi tío John Drew dijo que había sido necesario que se desquiciasen todas las fuerzas de la Naturaleza para que yo tomase un baño; bien es verdad que luego colaboré en el salvamento de otras personas, y esto me libero un poco de la deuda de gratitud eterna que suele contraerse en casos semejantes. Nos fuimos a Australia Willie y yo, como te decía, y antes de llegar a puerto recibí un cable de un amigo mío diciéndome que no me preocupase por el alojamiento, porque él lo tenía ya resuelto. Y era verdad; desde el muelle me llevó a la mas bien montada casa de prostitución que había en Australia, cuya dueña se había enamorado de mi amigo, y durante diez años le había proporcionado cuanto había necesitado: dinero, bebidas y comida a placer y completamente gratis. La buena señora, que era muy amable y muy guapa, dijo que los amigos de su amigo eran amigos suyos, y que estaba todo pagado para mí. La primera noche organizó una reunión en mi honor, a la que solo asistimos mi amigo y yo, ella y sus señoritas; la amabilidad y generosidad de aquella dama no tenia limites, y desde luego no he vuelto a asistir a reuniones coma aquéllas. Me instalé en aquella casa, y en ella viví todo el tiempo que duré mi contrato, y fui tan tonto, que cuando llegó la hora de regresar a América propuse a una de las chicas que se casara conmigo, a lo que ella, mucho mas lista que yo, no accedió.

» Yo me empeñé en dar una fiesta de despedida, y efectivamente se dió: cerramos la casa y nos quedamos solos, como en una dulce reunión familiar. Llegó el coche para llevarme al muelle, y cuando ya estaban cargadas mis maletas, tuve la frescura de pedir la cuenta. La amiga de mi amigo contestó:

» Mr. Barrymore, nadie me había gustado tanto como usted en toda mi vida. Sería una ingratitud cobrarle nada, cuando en realidad soy yo la que debería pagarle a usted su amabilidad y su finura.

» Mi amigo, ya en el muelle, me dijo con cierta pena:

» Barrymore, ¿por qué trabajas? ¿Por qué no te buscas una posición como la mía?

» Mi hijo Bill oía todo aquello un poco confuso. Jack acabó su historia diciendo:


» Te confieso, hijo mío, que toda mi vida he lamentado no haber hecho caso de aquel joven amigo.»

martes, 10 de octubre de 2017

Los zapatos brillantes de Speedy Schlichter


Resulta endiabladamente difícil saber algo de esta mujer. Y sin embargo, durante un tiempo, fue la musa, compañera, amante y amiga de un puñado de artistas que se unieron bajo el paraguas de nombres de colectivos tan diversos como Dada, Neue Sachlichkeit (Nueva objetividad) y Novembergruppe (Grupo Noviembre).

¿Cómo es que llegó a verse ahorcada?

Una de las primeras cosas que sabemos de Elfriede Elisabeth Koehler, es que tenía 25 años cuando conoció en 1927 a su futuro esposo, Rudolf Schlichter pintor conocido en los ambientes bohemios de Berlín. De su pasado hasta entonces, todo parece estar cubierto por un halo de leyenda: se la hace nacer en distintos lugares de Suiza, diferentes son también los perfiles de su familia según dónde se lea, y cuando por fin entra en escena, se dice que ejercía la prostitución de manera más o menos ocasional en el Berlín en el que conoció a Rudolf.

Puede que en esta creencia tuviera mucho que ver la personalidad de su pareja y después esposo, quien era conocido por su afición a frecuentar los prostíbulos más canallas de la ciudad, y ganarse la vida vendiendo ilustraciones de carácter abiertamente pornográfico, que firmaba con el seudónimo de Udor Rédyl. Muchas de ellas estaban inspiradas en la que era su compañera en aquellos primeros años de la postguerra, la prostituta Fanny Hablützel.

Fue  Schlichter quien bautizó a Elfriede, como musa, amante y esposa, con el nombre que la haría popular: Speedy, Speedy Schlichter, nombre hoy casi desconocido, pero que cuando nació lo hizo con vocación de pasar a formar parte de la gran historia de ese nuevo arte que se estaba fraguando en la Europa de entreguerras. De hecho, fue invitada a actuar en algunas de las películas de moda por aquél entonces, llegando a coprotagonizar una de ellas –en el papel, como no, de una prostituta-, con la legendaria flapper Louise Brooks: Diary of a Lost Girl (1929).

Edith Meinhard, Louise Brooks, Speedy Schlichter
Como modelo de su marido Rudolf Schlichter, fue la protagonista exclusiva de más de 40 dibujos, acuarelas y cuadros. Existe también una importante colección de fotografías entre las que se encuentran unas de 1928 tituladas Strangulierung sexperiment in Atelier (“Sexperimento de estrangulación en el estudio"). Es evidente que las fotos requirieron de trucaje, consistente seguramente en cuerdas o arneses para evitar un ahorcamiento real. Pero el simulacro no resta fuerza descriptiva ni artística a esta representación de una sexualidad basada en la asfixiofilia o asfixia erótica, una de las más peligrosas prácticas de excitación sexual.


De hecho, en estas fotografías Schlichter consigue reunir y materializar sus dos fetiches predilectos: la estrangulación y la representación de una mujer calzada con botines o zapatos brillantes de satén. El autor es consciente de ello, e incluso es capaz de adivinar en que punto de su pasado se encuentra el origen de ambas filias. De la segunda de ellas, por ejemplo, cuenta en su libro de memorias “Das widerspenstige Fleisch” (“La carne rebelde”, 1932) Schlichter detalla:

Luz. Diario de la República. 22 de marzo de 1932
“Un incidente se produjo con mi hermana Gertrude, o más precisamente, con sus zapatos. Un día, ella se probaba, visiblemente a regañadientes, un par de botas abotonadas de caña alta (…) Estas botas en los pies de mi hermana me placieron increíblemente: el bello resplandor luciente sobre la curvatura del pie, los numerosos botones pequeños, la forma estrechamente amoldada a la pantorrilla excitaban hasta al máximo la sensualidad, el ligero crujir del cuero me enviaba una sucesión de estremecimientos a lo largo de la espalda, habría querido ponerme yo mismo esas botas, pero en secreto, cuando nadie me viera”.

No era la primera vez que Schlichter representaba estas parafilias bien unidas o bien separadas. Una de tantas, por ejemplo: la acuarela titulada Der Künster mit zweierhängten Frauen (El artista con dos mujeres colgadas), de 1924, donde representa a dos mujeres que cuelgan inertes de sogas sujetas al techo de una habitación amueblada. 

Esta afición sirvió para que los artistas del círculo de Schlichter la emplearan como una referencia a su amigo. Incluso hoy en día, puede servirnos para identificarlo en obras de autores de aquella época. Puede verse por ejemplo en un grabado de George Grosz  representando a Schlichter, postrado a los pies de la botas de Speedy, su mujer, como vemos también en el dibujo Speedy beim Schminken (Speedy maquillándose), de 1930. 

La generación de Schlichter y Grosz había pasado por las trincheras de la primera guerra mundial, y eso hacía que se sintieran tan fascinados como asqueados por la experiencia. Sus obras, como las de Otto Dix, están repletas de duro erotismo, deformaciones, violencia y crítica social radical. Fueron polémicas, provocando que aquella sociedad que, poco a poco, se iba inclinando hacia el nacionalsocialismo, censurara de manera cada vez más contundente una actitud que consideraban derrotista, antipatriota y antimilitarista, propia de quienes estaban asociados con la extrema izquierda para socavar la moralidad y las costumbres alemanas. En contraposición a todo esto, Dix afirmaba que "Lo que necesitamos para el futuro es un naturalismo fanático y apasionado, una veracidad ferviente e infalible".

Como Grosz, Dix era un claro ejemplo de continuidad, pero no de imitación, de las técnicas de los grandes maestros del pasado. Desarrolló explícitamente el arte de Grünewald, Bosch y Bruegel en muchas de sus obras, en especial en las referidas a la guerra, en las  que representaba con crudo realismo los cadáveres podridos de soldados alemanes en el frente. En estas obras hay referencias muy directas al panel de Isenheim. De hecho, en su Triptychon Der Krieg  (Tríptico de la guerra, 1929-1932), reinventa la obra de Matthias Grünewald sustituyendo el horror de la crucifixión por el de la guerra, utilizando los mismos medios (templado sobre madera), un formato similar de múltiples paneles y el mismo vocabulario del sufrimiento.


Con toda la intención Dix establece un paralelismo entre el dedo de San Juan Bautista apuntando a Cristo y la redención que hace posible, y el dedo del muerto que en el punto de escape de la obra, en medio de un siniestro y desgarrado paisaje, apunta al sacrificio vano de los soldados en la guerra.

Referencias como esta hicieron que incluso la mismísima obra de Grünewald cayera en desgracia a ojos de la cultura oficial de la Alemania de entonces, por la supuesta apropiación que de él habían hecho los artistas de vanguardia.  


Y de algún modo volvemos al principio. 

Si comenzábamos con la imagen de una mujer ahorcada de la que apenas sabemos nada, finalizamos con la de un hombre crucificado, del que creemos saber mucho, pasando antes por la representación de los despojos de quien había sido alguien, nadie en concreto, colgando sobre una masa informe de cadáveres. Todos ellos han atravesado un mismo trance, y, sin embargo, la diferencia puede estar –tanto para quienes lo aprecian como para quienes lo rechazan-, en esos zapatos brillantes que lucen los pies de la desconocida Speedy Schlichter.


lunes, 25 de septiembre de 2017

Mortifiement de Vaine Plaisance


El manuscrito de “Mortifiementde Vaine Plaisance” que conserva la colección Bodmer en Suiza, es quizá la versión de mayor calidad que existe de las que se crearon para iluminar este poema alegórico sobre el debate entre alma y el corazón. Existen otras versiones, trece aproximadamente, pero ésta es superior, pues contiene ocho magníficas joyas primorosamente ejecutadas hacia 1470 por Jean Colombe, autor ya para entonces muy experimentado, y reconocido por su participación en trabajos como el de  “Las muy ricas horas del duque de Berry”.

El grupo de ilustraciones de “Mortifiement…” se abre con la que representa a una mujer vestida de blanco, suponiéndose que es la personificación del alma devota del donante que abraza su corazón contra el pecho. En apariencia es una escena encantadora, llena de ternura y delicadeza. Sin embargo, si la miramos detenidamente e intentamos traducirla, vemos que hay algo en ella que puede resultarnos inquietante: la casa está en ruinas, el pavimento roto, levantado, y la misma pared se hubiera caído si no fuera por ese refuerzo hecho con un tosco tronco. Sí, la casa es el envoltorio carnal del donante, arruinado por un corazón lleno de anhelos terrenales… A lo lejos, una espléndida fortaleza parece querer recordarnos a todos que la salvación es posible si abandonamos nuestras vanas pasiones.

Parece ser que el autor del poema, René de Anjou (1409-1480), Rey de Sicilia, Duque de Anjou y Conde de Provenza, no pasaba por una buena racha cuando lo compuso. Y eso se nota: acababa de regresar de una infructuosa campaña en Italia, que había dejado sus arcas totalmente arruinadas, y poco antes había muerto su mujer, Isabelle de Lorraine, pérdida por la que se mostraba inconsolable, roído por el miedo a la muerte y obsesionado por la búsqueda quién sabe si más del consuelo ante lo desconocido, que de la salvación.

"…considerando que el tiempo vivido del que todos tenemos que dar cuenta pasa incesantemente, como agua de río sin parar, y se va sin volver, y por negligencia a menudo lo perdemos sin tener posibilidad de recuperarlo…"


La segunda ilustración del grupo nos muestra como la pobre alma solitaria recibe la visita de dos mujeres de aspecto un tanto extraño. La primera de ellas parece no dar importancia a presentarse de visita con una espada flotando horizontalmente sobre la cabeza. Éste que es uno de los primeros detalles que me llamo la atención del conjunto, es un recurso que desconocía hasta aquí, y que parece ser el símbolo de la justicia divina… De hecho, en la hoja de la espada puede leerse la inscripción “Divina Iusticia”, lo cual hace fácil entender que su afortunada portadora responda al nombre de Temor de Dios.

Con ella llega Contrición, que tampoco tiene desperdicio: envelada, descalza, con los senos desnudos, y provista de un pequeño látigo de ramitas, listo para batir a los penitentes y privarlos de cualquier deseo de reincidencia… Ambas exhortan a Alma para que abandone los placeres inútiles que el corazón le ha llevado a apreciar tanto, por medio de una moralina tan al uso como que: 

"La perfección no está en llevar una vida pomposa, ni ser victorioso con los ejércitos... la verdadera y perfecta bendición no se encuentra en la estatura, ni en la fuerza del cuerpo, ni en la belleza de nadie, la sutileza o la exquisita elocuencia…”


Para hacer patente la incomodidad que le producen en ese momento los vicios y los placeres de la vida cortesana, René pretende a estas alturas –elevadas, sin duda- del poema, acercarse a los más humildes, a aquellos en los que el ideal de la simplicidad se ha cebado convirtiéndoles, contra todo pronóstico y realidad, en los seres más afortunados de aquél tiempo. René se despacha entonces con tres parábolas: la del carretero, la de la mujer pobre y la de la ciudad asediada… para que los más humildes, y con ellos también su alma, llegaran a entender lo que pretendían Temor de Dios y Contrición.

No parece que lo lograra, y mucho menos que consiguiera "hacer reír a la gente común", como se lee que manifestó al arrancar con esta obra. Y es que sin lugar a dudas, a le bon roi René, le perdía su amor por los bellos libros, como lo hacían también la teología, las novelas de caballería, la poesía y en general todo aquello que contenían los innumerables volúmenes que llenaban su biblioteca real. Y con dicho bagaje era muy difícil para un rey "hacer reír a la gente común".


Ya estamos fuera de la casa-cuerpo, Temor de Dios y Contrición han logrado arrastrar a Alma a la luz, sacándola de su miserable morada, llegando incluso a quitarle de las manos su corazón lleno de vicios con el pretexto de cuidarlo, de "purificarlo”, según aseguran.

Es curioso observar el detalle de cómo Alma se viste para salir a la calle, cubriéndose con ese manto o capa azul que hasta entonces había permanecido desparramada por el suelo, como queriendo mantener esos hermosos contrastes rojo-azul que demuestran un magnífico dominio de los colores por parte de su autor.

De hecho, como mecenas de las artes, el rey René se rodeaba de lo mejor cuando se trata de ilustrar sus escritos: durante toda su vida encargó a los copistas e ilustradores más reputados del momento que reprodujeran sus obras con bella caligrafía y luminosas ilustraciones, que luego entregaría como un obsequio más en sus intercambios diplomáticos. De hecho, se dice que para la ilustración de este libro había hecho el encargo a Barthélemy van Eyck, uno de los grandes de su época, pero que murió al poco, por lo que fue entonces cuando se llamó para continuarlo a Jean Colombe.


Muy dentro de las intenciones que le íbamos adivinando a Contrición, el corazón es llevado a un hermoso jardín donde otras tres mujeres con nombres tan en la línea de las anteriores, como son Fe, Esperanza  y Caridad, personificaciones de las virtudes teológicas,  junto con Gracia Divina, se esmeran en clavar al corazón en una cruz y atravesarlo con una lanza para liberarlo así de la vanidad, todo ello en clara referencia a la Imitatio Christi, por medios un tanto contundentes. 

El manuscrito original de “Mortifiement de Vaine Plaisance” ha desaparecido, sin embargo, ese afán de su autor por encargar copias para repartirlas entre sus visitas diplomáticas ha hecho que, a día de hoy,  se conserven aún trece copias, lo cual no es poco. De todas ellas, es ésta de Colombe, que se conserva en la Fundación Martin Bodmer en Suiza, la de ilustraciones de mayor calidad. Hay otras copias, por ejemplo la de The Morgan Library & Museumpero no llegan a tener la calidad de ésta. 

Como todo manuscrito que se precie, merece capítulo aparte la narración del recorrido que ha hecho desde su creación hasta hoy en día. Éste por ejemplo, después de haber pertenecido al emperador Carlos VI, quedó depositado en las estanterías de la Biblioteca Nacional de Viena, donde fue robado en 1825. Nada se sabría de él hasta 1951, si no fuera porque hojeando el libro, uno puede descubrir en el reverso de la portada, una inscripción fechada 1840 que dice que estaba "Dado a Madame Agathe Odilon Barrot por su amiga Zoé de Valuzé".

Mientras preparaba estas líneas, la malsana curiosidad me ha enredado en la búsqueda de quiénes eran estas dos mujeres: la tal Agathe Barrot (Defossés, de soltera) (1803 - 1859) casó con Camille Hyacinthe "Odilon" Barrot (1791-1873) motivo por el cual, siguiendo la costumbre de aquellos países, adoptó los apellidos de su marido, el cual llegó a ser primer ministro en tiempos de Napoleón III. 


En cuanto a Zoé de Valuzé, resulta un poco más difícil encontrarla, aunque al revisar algunas transcripciones de la nota, uno da con que el apellido es realmente Valazé, y coincide con el de la Louise-Suzanne-Zoe, que aparece en la lista de pensionarios del Bulletin des lois de la République Française, Volumen 14” (1839), por ser hija de uno de los conquistadores de Argelia, Éléonor Bertrand Anne Christophe Zoa Dufriche, baron de Valazé, y nieta del famoso, por aquél entonces, Charles Éléonor Dufriche-Valazé, célebre por haber preferido apuñalarse en pleno tribunal revolucionario al conocer su condena a muerte, el 30 de octubre de 1793, antes que dejarse guillotinar…

Conocidos ambas protagonistas del intercambio, y viendo que a partir de aquí puede obtenerse una cantidad ingente de información acerca de ambas personas, sin llegar a saber a ciencia cierta el motivo por el que estaba el manuscrito en sus manos –aunque me parece imaginarlo dado el poco margen que hay-, enderezo mi camino y vuelvo al poema del buen rey René.

Antes me gustaría apuntar, para completar el periplo, que en 1951compró el manuscrito a una familia anónima el célebre bibliófilo suizo Martin Bodmer, quién lo añadió a esa colección que conforma ahora una de las tantas bibliotecas en las que a más de uno nos gustaría perdernos.

Ahora sí, continuo y acabo.


Despues de la relajación a la que había sido sometido el corazón, éste vuelve a manos de Temor a Dios y Contrición todavía crucificado, y, como puede imaginarse, completamente traumatizado por lo que acaba de sufrir. Ambas se lo devuelven ya tranquilizado a Alma, que ha tenido tiempo suficiente para tomar conciencia del aspecto superfluo de los vanos placeres, de que no volverá a ellos más, y de que es en adelante el amor infinito a Dios lo que debe ser el motor de su vida. Más le vale …

En uno de los fragmentos más deliciosos del texto, René nos recomienda 

Pense à ton sort sans plus tergiverser, 
Ne rêve plus; agis: il est grand temps!
N’attends plus de secours d’aucune créature, 
Car nulle autre pour toi ne viendra plus plaider. 

En ocasiones cuesta interpretar este tipo de mensajes, y uno no tiene claro si tras esa prédica piadosa y ejemplar, no hay un temor profundo a lo desconocido, al descreimiento que produce el propio conocimiento, y al afán de relativizar todo, lindando en ocasiones con esos postulados que, por aquél entonces quedaban acotados muy lejos de ahí, en el oriente, de donde, eso sí, comenzaban a llegar las primeras noticias de mano de comerciantes y otros buscadores de fortuna.

Mientras tanto, los pensamientos de Jean Colombe marchaban por otros senderos, y los traducía en inscripciones que como marca propia de su taller, tenían la costumbre de anotar ocultas en todas sus miniaturas. Esta decía: 

 « Temps perdu pour Colombe »

Habiendo terminado ahora, tengo una sensación muy parecida a la del maestro iluminador, y supongo que tú, si has sido tan paciente de llegar hasta aquí, estarás pensando eso mismo en este momento.


sábado, 2 de septiembre de 2017

Las botas de Big Steve


El término “Hell on Wheels” (Infierno sobre ruedas) fue acuñado por el editor y periodista Samuel Bowles en alusión a las casas de juego, salas de baile, salones y burdeles de todas las clases, que brotaron a lo largo del trazado que los trabajadores del ferrocarril transcontinental fueron construyendo en dirección al oeste.

En ocasiones, aquellos lugares sobrevivían al avance de los trabajadores del ferrocarril, esperando a ser seguramente futuras estaciones de paso, centros comerciales en los que se pudiera hacer un buen dinero a cuenta del paso del Transcontinental. Esto es lo que ocurrió por ejemplo con Laramie, en Wyoming, escenario además de una de las más viejas historias de aquellos pistoleros que haría famoso al oeste americano.

El hombre que se ve en esta foto es Steve Long, aunque todos lo conocían como “Big Steve”. Fue sheriff y forajido a un mismo tiempo, y aunque la gran seguridad que tenía en si mismo hacía que se burlara de la muerte, las cartas del destino iban a jugar su baza contra él.

Big Steve apareció por  Laramie, Wyoming, tras la Guerra Civil. Allá se reunió con dos medio hermanos que habían ayudado a fundar el pueblo. Entre los tres abrieron un salón que no era otra cosa que una enorme tienda de campaña. Los vecinos, a espaldas de los hermanos Long, llamaban al local “el cubo de sangre” debido a la cantidad de violentas peleas que se daban en él.

La fama de los tres hermanos y su fuerte personalidad les facilitó mucho las cosas para ir haciéndose con algunos de los cargos de responsabilidad en Laramie. Responsabilidad que, como suele ocurrir, ellos transformaron en poder que ejercieron en beneficio propio.

A Long lo nombraron Sheriff y pronto se forjó una terrible fama de violento. Cuentan que rara vez arrestó a alguien, pues pasaba directamente a las palizas o los disparos. El 22 de octubre de 1867, por ejemplo, acudió a detener una pelea callejera y mató a cinco de los ocho hombres que había implicados en ella.

Con estas credenciales, no es de extrañar que a Long y sus hermanos les resultara extremadamente sencillo "convencer" a los colonos de que les vendieran los títulos de propiedad de sus tierras a precios ridículos. A los que se negaron, los mató Long alegando que lo había hecho en legítima defensa. Si la víctima no iba armada, se encargaba de proporcionar un rifle o una pistola a su cadáver para que nadie dudara de la inocencia del Sheriff.

Por fin, en octubre de 1868 un grupo de rancheros acompaña al sheriff del condado de Albany hasta el salón de los tres hermanos. Estaban allí, como si les esperaran. Sin demasiados protocolos, deciden ajusticiarlos. Seguramente iban ya dispuestos a ello, pues no podían esperar nada de la justicia de Laramie: Long era el sheriff y uno de sus hermanos el juez.

Long les pide que lo ahorquen sin botas. Mi madre siempre dijo que moriría con las botas puestas y no quiero darle el gusto, dijo.

Ahorcaron a los tres hermanos y los fotografiaron colgando, casi pegados, para que no hubiera duda de lo que habían hecho con ellos. Después, colocaron el cadáver de cada uno de los hermanos atados a un poste en las diferentes entradas al pueblo.

A Long le volvieron a poner las botas y lo fotografiaron de nuevo. Quizá pensaron en enviar la fotografía a su madre.


martes, 29 de agosto de 2017

Durmamos...


Esta fotografía titulada L'homme de la nuit, fue tomada en 1939 en las escaleras del Cours Dajot de Brest, el Finisterre francés, como parte de una escena considerada de culto para todos los amantes del cine de Jean Gabin. Se trata de "Remorques" -traducida al español hábil y piadosamente como "Remordimientos"-, película que fue filmada a salto de mata entre 1939 y 1941, debido al inicio de la guerra. Con la perspectiva que da el tiempo pasado, la propia imagen de la escalera parece tener la intención de anunciarnos los tiempos oscuros que estaban por llegar. 

La película era una adaptación de la novela del mismo título de Roger Vercel, quien un año antes había obtenido el premio Goncourt por su "Capitán Conan". Jean Grémillon, director de la película, tuvo el acierto de incorporar a su equipo a René-Jacques, uno de los grandes maestros del blanco y negro en Francia, y cofundador del Groupe des XV, dedicado a promover la fotografía como disciplina artística.

La escena de la escalera tuvo que ser repetida cerca de una docena de veces, pues las condiciones metereológicas, siempre tan dadas a cooperar, no estaban por la labor aquél día de julio de 1939. Tuvieron que emplearse los cañones de agua del cuerpo de bomberos para simular la lluvia y un helicóptero del cercano aeroclub de Guipavas para paliar la ausencia de viento...

Todo ello no importa. De hecho, para nosotros, para quien vea la película, Jean Gabin desciende las escaleras sólo, hundido en la oscuridad de la noche y el fragor del viento, con la sola compañía de la lluvia y en un lugar recóndito, conocido desde antiguo como "el fin del mundo".

El otoño se acerca y acortan los días. 

Durmamos... 



lunes, 21 de agosto de 2017

En un lugar remoto


Vagando por los caminos que recorren los valles de Aure, Louron y Luchon, nos encontramos con cerca de una docena de pueblos y aldeas que conservan en sus iglesias los frescos con los que fueron adornadas allá por la segunda mitad del siglo XV. Hace unos días nos hablaron de que hay algunas semejantes y del mismo tiempo en Aran, al otro lado del Pirineo. Pero allá, cómo no, hay que estar a hora y día determinado, pagar y escuchar al explicante de turno si se quieren ver.


Nos ha gustado su espontaneidad, frescura, y algún que otro sorprendente giro narrativo que nos hace creer que el autor tenía unos conocimientos muy concretos del reverso profano de lo que estaba contando... En resumen, nos conmueve el encontrarnos con aquello en el silencio de estas pequeñas iglesias perdidas en el corazón del Pirineo. También el verlas en unos lugares que en aquél entonces podrían ser los más remotos e incomunicados, y en los que éstas representaciones eran una de las pocas visiones que tenían sus habitantes de lo que estaba más allá de sus montañas.


Nos quedamos con las ganas de saber más de aquellos autores anónimos. ¿se trata de artistas locales, o de compagnons que recorrían aquellos pueblos viviendo de su trabajo? Y nos llama la atención la coincidencia temporal de todas ellas...


lunes, 7 de agosto de 2017

Ella espera...


Inquieta pensar que esta hermosa y plácida obra de Jean-Jacques Henner encabezada con la leyenda "Elle attend", tenga en sí una intención tan alejada de lo que pudiera pensarse en un primer momento como es la de la venganza. "L’Alsace. Elle Attend" (1871) es una obra encargada por un industrial alsaciano tras el fin de la guerra franco-prusiana, aquella que aniquiló a un imperio de opereta -el francés de Napoleón III-, para dar paso a uno nuevo muy parecido en su maneras -el alemán de Guillermo I-. Con la derrota, Francia perdía Alsacia y Lorena, que pasaban a manos de su vecino y enemigo.

Muchos franceses, y en especial los que vivían o tenían interés en los territorios perdidos, se opusieron a la rendición, y popularizaron esta obra como el recuerdo de un deber patriótico... El crítico de arte Jules Antoine Castagnary dijo de ella en Le Siècle : "Tiene dieciséis años, la edad de la generación que verá cumplirse la inevitable revancha". No sabía bien lo cierto que era su comentario...

Me encontraba precisamente hace unos días con una versión apócrifa de una gran obra -El Conde de Montecristo-, que es un ejemplo claro de lo bien que sienta al arte desarrollar historias de venganza. Lo mismo pudiera pensarse de esta, si no fuera por el hecho de que es real, y desembocó en una contienda que arrasó el mundo allá por la segunda década del siglo XX.

Ella, la muerte, siempre espera.